El tercer mensaje presidencial: Alan en el país de las maravillas
Wednesday, 30 July 2008

El tercer mensaje presidencial de Alan García no solamente fue aburrido, sino también decepcionante. Durante casi dos horas, García expectoró una hemorragia de cifras con el fin de resaltar la productividad del gobierno: kilómetros de carreteras construidas, policías contratados, hospitales inaugurados. Poco o nada se escuchó con respecto a problemas tan centrales como la reforma del Estado, la lucha contra la corrupción, derechos laborales y conflictos sociales. Así, la impresión para el tercer año es la de un gobierno embriagado por el crecimiento económico, incapaz de aprovechar el buen momento para atacar los problemas que corrompen al Perú desde la raíz.
En su discurso por Fiestas Patrias, García dedicó exactamente un párrafo para señalar, de forma superficial, los desaciertos del gobierno en materia de salud, seguridad ciudadana, corrupción y burocracia innecesaria. El resto fueron logros: La cumbre entre América Latina y la Unión Europea, la estabilidad en el manejo financiero, el crecimiento económico y del empleo formal, las inversiones en infraestructura y la inversión social, el aumento de la inversión privada y, por supuesto, la reducción de la pobreza.
El tema de la Reforma del Estado apenas mereció una breve mención. García se refirió a los avances hechos en la simplificación de la administración pública con la ley del silencio administrativo. Esta ley dispone la eliminación de los trámites cuya existencia no haya sido justificada por las entidades que exigen aquellos trámites. Además, habló de la evaluación de los funcionarios y la centralización de las adquisiciones públicas. Estas medidas son, sin duda, importantes. Pero más allá de las mejoras puntuales se hace extrañar una visión general de las cosas. Se hace extrañar, también, el espíritu de lucha necesario para cambiar las cosas. García parece haber olvidado la corrupción que se presenta de forma sistemática en casi todas las instituciones del Estado. En vez de ocuparse del asunto, García llamó a los ciudadanos a impulsar una “reforma del alma”.
El discurso se quedó corto con respecto al rediseño de instituciones públicas que han caído en descrédito profundo como la Policía, la Justicia y las Fuerzas Armadas. García se quedó en los números: más polícias, más hospitales y postas médicas. Ni una sola palabra sobre cómo se piensa lograr que estas instituciones se conviertan en entes transparentes, sólidos y meritocráticos. En cuanto a la administración de Justicia, García simplemente mencionó la introducción paulatina del nuevo código penal, el cual fue diseñado antes de que García asumiera la presidencia. La falta de ideas resulta especialmente grave si tomamos en cuenta que instituciones independientes tales como el Instituto de Defensa Legal han presentado propuestas detalladas sobre cómo reformar la administración de justicia.
El tercer mensaje presidencial de Alan García nos quiso presentar la imagen de un país pujante, un país que aprovecha sus oportunidades y que ha sabido superar los viejos problemas. Este no es el lugar para el pesimismo. El Perú, es cierto, ha alcanzando una dinámica de crecimiento espectacular, apoyado en la demanda internacional y en el espíritu emprendedor e ingenioso de tantos peruanos que han sabido convertir dificultades en chances. Tanto más preocupa que el gobierno se refugie en la comodidad de las cifras.
Este es un buen momento para hacer las movidas difíciles, para convertir al Estado peruano en un ente eficaz y genuinamente orientado hacia la justicia social a través del desarrollo económico. Todos sabemos que se trata de una movida difícil, pues mantener el status quo sirve los intereses de los servidores públicos mediocres y corruptos, y de aquellos cuyos horizontes terminan detrás de sus escritorios. Alan García, Presidente de la República, es nuestro máximo servidor público. De él, de su grandeza o mediocridad, depende en buena medida el futuro de este país. Este tercer mensaje presidencial ha sido desesperanzador no solamente por la falta de una radiografía acertada de la situación actual en el Perú, sino también por su tono triunfalista. El Perú no es el país de las maravillas. Alan García debería saberlo.
Por Bernd Krehoff














