Etnia, clase y movimientos indÃgenas en el Perú
Sunday, 8 June 2008

En los últimos años, las rebeliones de Chiapas y las protestas en las calles de La Paz y Quito, han puesto a los movimientos indÃgenas en las primeras planas de los diarios de Amércia Latina. El levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) del subcomandante Marcos en 1994, ha sido el punto de partida de una nueva ola de protestas indÃgenas en el continente. En Ecuador y Bolivia, los movimientos indÃgenas han jugado un papel fundamental en el derrocamiento del presidente Jamil Mahuad en 2000 y en el ascenso polÃtico de Evo Morales, respectivamente.
El Perú se ha caracterizado por la ausencia de movimientos similares a los de los demás paÃses andinos, pese a la existencia de una población de origen eminentemente indÃgena. Durante años, la comunidad académica ha buscado explicar esa ausencia. Los argumentos que se han esgrimido han provenido de todo el espectro de las ciencias sociales, de la antropologÃa y de la economÃa. En este artÃculo hago, primero, un repaso de esos argumentos y, luego, exploro los alcances del aún incipiente movimiento indÃgena peruano. En la parte final pongo énfasis en los inconvenientes que generarÃa el desarrollo de un movimiento indÃgena basado en reivindicaciones de corte étnico.
Por su temática, este artÃculo puede ser entendido como un complemento al tema del mes de mayo que publicó hace una semanas mi colega Bernd Krehoff.
La singularidad del indigenismo peruano
Entre los investigadores de la realidad indÃgena peruana prima la idea de que el andino peruano ha expresado sus intereses polÃticos en términos de clase y no de etnia (ver al respecto la entrevista de Bernd Krehoff al filósofo Fidel Tubino). La explicación a este fenómeno la encuentran en las polÃticas públicas impulsadas por la dictadura velasquista, que cambió la retórica oficial para referirse al andino. La justificación del gobierno radicaba en que el término indÃgena tenÃa carácter peyorativo y estaba estrechamente ligado a las estructuras coloniales. Pasó a usarse, en vez, el término campesino, y las comunidades indÃgenas pasaron a llamarse comunidades campesinas.
Según Marisol de la Cadena (1998), la legislación velasquista tuvo como consecuencia la cooptación del incipiente movimiento indÃgena, que mutó hacia formas sindicales y, de esa manera, se integró al conflicto de clase que dividÃa al gobierno revolucionario de las élites terratenientes.
Desde una perspectiva más polÃtica, una aproximación recurrente ha estado ligada al fenómeno del senderismo. El rápido avance del grupo liderado por Abimael Guzmán en la sierra puso un freno al desarrollo de movimientos indÃgenas. En vez de forjar una alianza con las comunidades indÃgenas, el senderismo despreció su cosmovisión y buscó someter a esas comunidades. Como respuesta a ese intento de opresión surgieron las rondas campesinas, impulsadas más por la necesidad de defenderse fÃsicamente, que por una voluntad de hacerle frente a Sendero en el campo de las ideas.
Otras lecturas más antropológicas de la cuestión indÃgena, han buscado conjugar factores geográficos, culturales e históricos en una interpretación unitaria. Desde esa óptica, la eliminación del término indÃgena por el gobierno militar a fines de la década de 1960 fue, en realidad, el momento culminante de una complicada historia cultural entre los grupos indÃgenas y las élites peruanas. Para Degregori (1998, citado por Greene 2006: 335), se trató de una relación en la que, históricamente, las élites se apropiaron del gran capital simbólico indÃgena, es decir, del patrimonio incaico. Este fenómeno, constituirÃa, a su vez, la base del nacionalismo racista, que enaltece los valores incaicos desasociándolos de lo indÃgena.
Para enfrentar al racismo, de la Cadena (2000) hace referencia al desarrollo de un “mestizaje indÃgena†en la sierra peruana, en especial entre la población urbana del Cusco. Según de la Cadena, esos sectores urbanos se apropian de identidades mestizas, hÃbridas, con el fin de romper la asociación de lo indÃgena con retraso e iliteracidad, entre otras concepciones negativas. En un contexto en el que la población indÃgena asume formas culturales mestizas, no se desarrolla un movimiento indÃgena antimestizo (anti asimilación), como sà sucede en otros paÃses latinoamericanos en que se produce un enfrentamiento potente entre indÃgenas y mestizos.
De indÃgenas a nativos y viceversa
Los argumentos expuestos en la sección anterior coinciden en su mirada de la cuestión indÃgena como un fenómeno puramente andino y aislado de las luchas de los movimientos indÃgenas del resto del continente. Greene (2006) critica esa mirada tan centrada en el indigenismo andino. El problema es, según Greene, que ante la ausencia de movimientos indÃgenas importantes en la sierra, los académicos han inferido que estos tampoco existÃan en la selva.
Greene (2006: 338) observa que en el Perú, sólo el indigenismo andino ha hablado históricamente “en nombre de la naciónâ€, pese a estar diluÃdo en el proceso de mestizaje antes descrito. En ese sentido, la amazonÃa ha sido la región más marginada, pues ha estado subordinada a la sierra que, a su vez, ha estado subordinada a la costa. De esa manera, se ha ahondado la noción de un paÃs fuertemente segmentado.
Si bien el gobierno de Velasco alteró también la retórica estatal con respecto a las comunidades amazónicas, pasando a denominarlas comunidades nativas, la cuestión étnica se mantuvo en el centro del discurso de los indÃgenas selváticos. A menudo, sus reivindicaciones estuvieron ligadas a la defensa de sus territorios frente a los intentos de colonización estatal. Los mayores logros los consiguieron en los tiempos del velasquismo, en que lograron 244 tÃtulos de propiedad para, al menos, mil establecimientos en los dos primeros años de vigencia de la Ley de Comunidades Nativas (ver Greene 2006: 345).
Irónicamente, fue durante el siguiente perÃodo de gobierno autoritario en el paÃs que las comunidades nativas alcanzaron logros considerables en materia de titulación de tierras. En 1997, un importante lÃder amázonico anunció que se habÃan logrado cuatro millones de hectáreas nuevas para las comunidades. Greene (2006: 346) explica este hecho en el impacto que tuvo la alianza entre comunidades nativas y ONGs ambientalistas que, con financiamiento externo, alcanzaron no pocas victorias mediáticas y lograron doblegar la voluntad del gobierno. Éste último, supo aprovechar esa presión a su favor y utilizó esas concesiones para limpiar su imágen en un contexto de autoritarismo creciente.
Sin embargo, las reivindicaciones de las comunidades nativas no se han reducido solamente a las arenas ambientalistas y territoriales. La declaración con la que concluyó el segundo Congreso Nacional de la Coordinadora Permanente de Pueblos IndÃgenas del Perú (COPPIP) en 2001, es bastante esclarecedora. En ella exigÃan retomar la identidad de indÃgena “como un derecho inalienable para usar un estatus jurÃdico internacional, que hoy se reconoce†(ver Greene 2006: 348).
Indigenismo y modernidad
El comunicado de la COPPIP no serÃa tan significativo si no fuera por el hecho de que esa iniciativa no reúne solamente a organizaciones amazónicas. Se trata, en cambio, de una organización que busca juntar a comunidades campesinas y nativas bajo una denominación explÃcitamente indÃgena. El campesino andino se empieza a integrar al discurso étnico propio de las demás asociaciones indÃgenas del continente.
El discurso étnico es, sin embargo, todavÃa incipiente en el Ande peruano. Las principales formas de articulación de intereses se siguen dando en términos de clase, como nos ha recordado el reciente paro agrario. Aún asÃ, se empiezan a dar muestras de reivindicaciones étnicas que no dejan de llamar la atención.
En marzo, el presidente regional de Puno, Hernán Fuentes, confesó que estaba trabajando en un proyecto para convertir a su región en un Estado independiente. Ante el rechazo general, se vió obligado a moderar su discurso y cambió la figura en favor de adoptar estructuras federales. El hecho es, sin embargo, que Fuentes fundamenta su propuesta en la existencia de una gran nación aymara junto a las zonas altoandinas de Bolivia y parte del norte de Chile en la que la fuerza aglutinadora es la etnia.
Propuestas de este tipo, por más descabelladas que parezcan desde la perspectiva histórica del Estado unitario peruano, podrÃan derivar en la activación de una nueva lÃnea de conflicto mucho más profunda e impredecible que el tÃpico juego de fuerzas entre el gobierno central y las regiones por la asignación de recursos. La confluencia del factor étnico en el marco institucional actual de autoridades regionales electas, podrÃa convertirse en un escenario especialmente explosivo. Un lÃder popular electo con una alta votación, que levantara las banderas étnicas terminarÃa contribuyendo aún más a la segmentación del paÃs.
Frente a estas nuevas tendencias, pronto habrá que cuestionarse en qué medida será posible dar respuesta a esas demandas étnicas priorizando una agenda económica. O, dicho de otra manera, ¿hasta dónde podrá llegar el desarrollo económico cuando se tenga en frente a un interlocutor que explÃcita o implÃcitamente haga demandas culturales? Una hipótesis es que el desarrollo económico tendrá consecuencias homogeneizadoras, ya que permitirá a los marginales integrarse al discurso dominante. La hipótesis opuesta es que una cultura fuerte podrá resistir los embates de una cultura “imperialistaâ€.
Para Velasco, la polÃtica era un conflicto de clases entre ricos y pobres. Si bien con otro lenguaje, esa dinámica ha permanecido en el discurso de los polÃticos, con la ventaja de que la dualidad patrón-siervo ha sido, en buena medida, superada. Conforme a las tesis de los autores citados anteriormente, la cuestión étnica no se ha convertido en una división fundamental en la sociedad peruana. Eso empieza a cambiar y ante esta carrera contrarreloj, serÃa prudente que los polÃticos se aferraran a la agenda modernizadora y enfrentaran con sinceridad el gran problema de la pobreza. El gobierno ya ha asumido el discurso, pero aún falla en la práctica.
Ignazio De Ferrari
Imagen tomada de: http://www.unap.cl/
BibliografÃa:
Degregori, Carlos (1998): “Movimientos étnicos, democracia y nación en Perú y Boliviaâ€. En Dary, C. (ed.): La construcción de la nación y la representación ciudadana en México, Guatemala, Perú, Ecuador y Bolivia. Guatemala, p. 159-226.
De la Cadena, Marisol (1998): “From Race to Class. Insurgent Intellectuals de provincia in Peru, 1910-1970â€. En Stern, S. (ed.): Shining and Other Paths. Durham, p. 22-59.
De la Cadena, Marisol (2000): Indigenous Mestizos: The Politics of Race and Culture in Cuzco, Peru, 1919-1991. Durham.
Greene, Shane (2006): “Getting over the Andes: The Geo-Eco-Politics of Indigenous Movements in Peru’s Twenty-First Century Inca Empireâ€. Journal of Latin American Studies 38, p. 327-354.










