La democracia tutelada
Sunday, 18 May 2008
Ética e instancias de decisión
Si bien, a primera vista, el argumento de la especialización que esgrimen los defensores de la democracia tutelada resulta atractivo, una segunda mirada nos permite encontrar las falencias de ese razonamiento. La primera de ellas radica en la concepción equivocada acerca de qué agentes toman o deberÃan tomar las decisiones más importantes. Como señala Dahl (1998, p. 71), el hecho de que se ceda a un experto algunas decisiones menores, no implica que se le entregue el control sobre las decisiones de mayor relevancia. Si recurrimos a la analogÃa anterior, el hecho de que un médico sepa qué tipo de tratamiento debe seguir su paciente, no significa que no sea el paciente el que tome la decisión final de someterse, por ejemplo, a una intervención quirúrgica. Lo mismo sucede en materia de gobierno. Una cosa es que representantes gubernamentales recurran a la ayuda de los expertos y otra, que se le ceda a una élite polÃtica las decisiones finales.
La segunda falencia en la argumentación de los defensores de la democracia tutelada es más de fondo. El gobierno o la legislación de un Estado requieren mucho más que conocimientos técnicos sobre un tema determinado. Gobernar o legislar no son ejercicios cientÃficos en el sentido en que lo son la fÃsica o la quÃmica. Las decisiones acerca de qué polÃticas implementar implican, en la mayorÃa de los casos, juicios de carácter ético. Se trata, casi siempre, de trade-offs, en los que se debe sopesar los objetivos y hacer concesiones para alcanzarlos. La equidad social se alcanza regulando la economÃa, lo que, a su vez, puede desalentar las inversiones. El costo de financiar a los ancianos lo asumen las generaciones futuras. La lucha contra el terrorismo puede implicar el recorte de ciertas libertades. Ejemplos de ese tipo hay por montones (ver Dahl 1998: 72).
Finalmente, se puede identificar una tercera falencia en la defensa de la democracia tutelada. El buen ejercicio del gobierno implica necesariamente un sentido de incorruptibilidad y dedicación por el bien común. Como bien explica Dahl (1998: 73), los que defienden las tesis de la democracia tutelada, alegan que los tutores no solamente están mejor preparados para tomar decisiones que favorecen a todos los ciudadanos, sino que también estarán más dedicados que otros al servicio público, en vez de a atender sus asuntos personales. Esto último resulta muy difÃcil de aceptar. El poder corrompe a todos y mientras más está concentrado el poder, como es el caso en la democracia tutelada, mayor es la tendencia a la corrupción. Como dijo el barón inglés, Lord Acton, en 1887, “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamenteâ€.












