Poder Legislativo
Tuesday, 13 May 2008

En el Perú, hablar del Parlamento produce en la población mayor irritación que un cólico estomacal. Ese malestar popular es, en gran medida, originado por un desconocimiento total del Congreso, sus miembros y cómo se toman las decisiones en su seno. Aquí presento este breve ensayo de cinco partes sobre el Poder Legislativo: debate unicameralidad-bicameralidad, dinámica político-parlamentaria, reforma electoral, trabajo legislativo y servicio parlamentario.
Unicameralidad-bicamercalidad
El Congreso estuvo compuesto siempre por dos cámaras legislativas: la Cámara de Diputados y el Senado. Si bien el sistema bicameral nunca fue perfecto, funcionó con relativa eficiencia por largo tiempo. La Constitución de 1979 reformó por última vez la bicameralidad imperante instaurando dos cámaras poco congruentes (orígenes distintos) y poco coherentes (funciones diferenciadas), pero produjo fallas que, al final, hundieron al Parlamento: descoordinación entre las cámaras, ambigüedad de funciones y lentitud extrema. Esta situación, sumada a una mala imagen pública a raíz de “huelgas de hambre” parlamentarias, debates plenarios difusos, peleas entre diputados e intrigas políticas, dio pretextos a Alberto Fujimori para justificar su cierre arbitrario –pero aplaudido- del Congreso, el 5 de abril de 1992.
Posteriormente, Fujimori y los fujimoristas plantearon el cambio al sistema unicameral, pero sobre la base de razonamientos simplistas con fácil arraigo en el inconsciente colectivo: una cámara y menos miembros, mayor ahorro y mayor eficiencia; tendencia moderna. Con esa lógica populista el Congreso Constituyente Democrático sancionó en 1993 la unicameralidad del Parlamento, pero el cruel futuro se encargó de llevar la contra a sus promotores. El nuevo Congreso no sólo careció totalmente de propósito de ahorro y sentido de eficiencia sino que se volvió tiránico y avasallador (¿recuerda esos proyectos de ley aprobados a las 2:00 a.m.?) en función de su rapidez. El nuevo sistema tampoco fue una tendencia moderna, pues ningún país sudamericano –salvo Venezuela- la siguió.
En un debate intelectual abstracto, ambos sistemas son buenos. Pero en la realidad práctica, hay que considerar el tipo de organización del Estado, el criterio de representación, el sistema de partidos políticos y la densidad poblacional en el país antes de elegir alguna opción. Sin embargo, lo que socava la postura de los “unicameralistas” es no esgrimir argumentos distintos a los escuchados en 1992 y 1993. La experiencia reciente tampoco los ayuda. A su vez, los “bicameralistas” tienen, de por sí, una posición impopular (juegan con fuego quienes piden “escuchar al pueblo”, porque terminaríamos sin Congreso), aunque la historia senatorial los apoye (los casos Francisco Graña en 1947 y nacionalización de la banca en 1987, por ejemplo) y que, tal vez, nunca haya un momento adecuado para debatir algo así.
Con unicameralidad o bicameralidad, el Parlamento debe ser ahorrativo y más eficiente que ahora. En fin, más representativo. Creo que el debate de cómo lograrlo sí interesaría más a la población.


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