Multiculturalismo, indigenismo y derechos indÃgenas
Saturday, 3 May 2008

La diversidad cultural es un hecho en casi todos los paÃses del mundo. En Latinoamérica, especialmente en los paÃses andinos, tal situación es especialmente pronunciada. Los ciudadanos mal o bien llamados indÃgenas representan un porcentaje notable en México, Ecuador, Bolivia y Perú, pero al mismo tiempo enfrentan graves obstáculos en el acceso a los bienes y derechos considerados básicos. Nuestro tema del mes de mayo se dedica, en su primera parte, a explorar el término indÃgena, cuestionando su utilidad para entender la realidad social andina. La segunda parte tiene como propósito analizar, desde la perspectiva de la filosofÃa del derecho, el concepto de derechos básicos y el rol de la pertenencia cultural.
¿Qué significa ser Ãndigena?
El término indÃgena reviste tal grado de complejidad que se hace difÃcil encontrar una definición unitaria y a la vez satisfactoria. La palabra viene del latÃn indigena que significa nativo, es decir, originario de un determinado lugar. El indÃgena puede, entonces, ser entendido como aquel que tiene fuertes y antiguos lazos con el lugar donde vive. Por lo mismo es tentador definir lo indÃgena exclusivamente de acuerdo a criterios objetivos tales como idioma, tradiciones, territorio y ascendencia. Pero el uso común del término demuestra que el asunto no es tan simple.
Mientras que en Bolivia y Ecuador existen grandes movimientos que se denominan indÃgenas, en el Perú el término indÃgena tiene un significado mayoritariamente peyorativo y, con excepción de las zonas amazónicas, son pocos los que se autodenominan de este modo (Tubino 2006). En Perú, la población rural quechuahablante o aimara se hace llamar campesina enfatizando de esta manera su rol agricultor. Por lo pronto, los criterios usados en el lenguaje común para definir quién es indÃgena no son solamente objetivos, sino también subjetivos. Ser indÃgena implica asumir un rol, una identidad que como tal necesita ser construida desde el sujeto en su interacción con el entorno.
Existe, entonces, el peligro de que lo indÃgena resulte siendo, paradójicamente, un concepto foráneo, impuesto por un sector nacional sobre una población que nunca se identificó como tal. Esa es la tesis de Mirko Lauer con respecto al Perú de la primera mitad del siglo XX. En su libro Andes Imaginarios, Lauer analiza el movimiento indigenista que se dio en el Perú en aquella época. Lo divide en dos componentes separables, el polÃtico y el cultural.
Mientras el indigenismo polÃtico (con José Carlos Mariátegui como su principal figura) careció de unidad, siendo paulatinamente “cooptado” por las distintas ideologÃas polÃticas de aquella época, el indigenismo cultural sà puede ser entendido como un movimiento propiamente dicho (Lauer 1999, 33-38). Este indigenismo (representado por el pintor José Sabogal y el escritor Ciro AlegrÃa, entre otros) fue una “construcción criolla” cuya misión consistió en “restablecer la continuidad desde una cultura marcada por la ruptura” (ibÃd., 84), “presentar lo indÃgena como algo funcional a la nacionalidad” (ibÃd., 92).
Lauer se abstiene de calificar esta perspectiva como algo bueno o malo. Después de todo, estamos hablando de expresiones culturales, no polÃticas. Pero sà hace notar las distorsiones que el indigenismo cultural significó:
¿Existió un hombre autóctono indigenizable desde la cultura criolla? El indigenismo-2 [el indigenismo cultural] no ha presentado esa realidad; la construcción que hizo en el intento de presentarla no resiste la prueba de las ciencias sociales y, mucho más importante, las de la experiencia y las del sentimiento. El impedimento es que estamos ante una petición de principio: hay gente que no es criolla y hay culturas autóctonas, por tanto existe lo indÃgena. Frente a eso el discurso del indigenismo-2 postuló en los hechos que lo que le faltaba a la nacionalidad no era un acto de conocimiento teórico por definición -conocer lo autóctono-, sino un acto práctico: crear y recrear una versión del hombre autóctono, aun sin necesidad de conocerlo.
Esta distorsión se puede apreciar, por ejemplo, en la superficialidad del paisaje en los cuadros de Sabogal o en la novela El mundo es ancho y ajeno, de AlegrÃa (ibÃd., 59-85). También se manifiesta, según Lauer, en el rol tan sólo marginal asignado a lo incaico (87-106).


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