Los cambios en el gabinete y la paridad de género
Monday, 22 October 2007

La prometida paridad de género en el primer gabinete del presidente Alan García debe haber causado más de un dolor de cabeza entre quienes buscaban posibles candidatas a ceñirse el fajín. De 16 ministerios –incluyendo a la Presidencia del Consejo de Ministros-, sólo 6 estuvieron encabezados por mujeres, y después de la salida de Pilar Mazzetti del Ministerio del Interior en circunstancias escandalosas, la presencia femenina en el gabinete se redujo aún más. Los cambios en el gabinete son parte de la agenda pública, anunciados para después de la ratificación del TLC por el Congreso de Estados Unidos. La búsqueda de posibles ministras –independientes- ya debe haber comenzado, pero todavía queda por verse cuántas querrán subirse al carro del gobierno.
Es lugar común hablar del avance de la mujer en la esfera política y de la elección de jefas de gobierno y de mujeres en puestos de representación en todo el mundo. Actualmente, ya tenemos en Sudamérica una presidenta –Michelle Bachelet-, y otra potencial jefe de Estado en Argentina –Cristina Fernández-, y por supuesto no olvidemos a Hillary Clinton en Estados Unidos. Sin embargo, resulta más importante preguntarse cuánto tiempo pasará hasta que las mujeres involucradas en política logren distanciarse de los estereotipos que se asumen, y puedan insertarse en condiciones de verdadera igualdad.
Hagamos un recuento de algunas de estos posibles estereotipos. En primer lugar, tenemos la idea de que las mujeres tienen más capacidad para la cooperación mientras que los hombres tienden hacia la competencia, o que las mujeres tienden a preferir las condiciones pacíficas frente a los hombres y su tendencia hacia la violencia. En esta misma línea, podríamos incluir la necesidad de un supuesto rol de mujeres como “cuidadoras” del ámbito doméstico para verlas como ciudadanas completas. Por otro lado, tenemos la imagen de la mujer como incorruptible, o al menos, como muy poco propensa a dejarse tentar por la corrupción (ver el artículo de enero del 2006 de Bernd Krehoff, “Mujeres y política: hacia la perfecta normalidad”).
Por lo tanto, las mujeres no son vistas como iguales al ingresar a la escena política. Esto no significa que las mujeres no tengan los mismos derechos y obligaciones como cualquier otro ciudadano común y corriente en lo referente a su posibilidad de involucrarse en política. Pero no podemos ignorar que el campo de acción de una mujer en política está bastante restringido por las expectativas que tenemos y resultados que esperamos de su gestión, limitando el abanico de posibilidades –y de posibles puestos de trabajo- que se reservan para ellas. Es decir, no bajemos nuestras expectativas de lo que queremos observar en la esfera política y de los resultados que esperamos de los procesos que se llevan a cabo en ella, pero apliquemos los mismos altos estándares para todos aquellos que ocupan puestos en la administración pública.
En la revista Foreign Affairs de mayo/junio del 2007, Swanee Hunt escribe un artículo llamado “Let Women Rule” (“Dejen que las mujeres gobiernen”), que evidencia esta estereotipización que hemos descrito, aunque echa algo de luz sobre la participación política femenina. Hunt inicia su artículo con el resultado de cientos de entrevistas realizadas por ella en más de 30 países, que la han llevado a la conclusión de que en los lugares donde las mujeres han asumido roles de liderazgo, lo hacen como reformistas sociales o empresarias, pero no como políticas o funcionarias públicas. Hunt sostiene que las mujeres están más dispuestas a impulsar cambios desde organizaciones no gubernamentales (ONG) que desde la administración pública. Este dato puede resultarnos interesante para comprender por qué le resulta tan difícil al gobierno cumplir con la paridad en el gabinete –obviamente dejando de lado por un momento las presiones de los “compañeros” para ser parte del gabinete del gobierno aprista-.
Hunt cae en el estereotipo político femenino cuando describe las situaciones en las que un mayor número de mujeres en los parlamentos significa un menor nivel de corrupción, según una investigación auspiciada por el Banco Mundial. También resalta que la participación femenina en los gobiernos es positiva para la competitividad de las economías, al “renovar la confianza pública en los gobiernos” según una encuesta de la Unión Interparlamentaria en 65 países. Asimismo, según Hunt, las mujeres en los parlamentos tienden a concentrarse en legislación “socialmente consciente”, tal vez por su relación previa con ONG. Finalmente, podemos mencionar que Hunt plantea que estas cualidades facilitarían la disposición a solucionar conflictos y a plantear un concepto de seguridad más amplio, que incluya tanto el bienestar social como económico.
¿Y por qué las mujeres quedan fuera? Hunt enumera una serie de razones que no nos causan sorpresa, aunque sí caen en más de una imagen preconcebida de la mujer en política. Por ejemplo, una de las razones fundamentales sería que las mujeres ven a la política como “un juego sucio”, o que la esfera política es vista como un mundo esencialmente masculino, y muchos hombres y mujeres prefieren que se mantenga así. Otra razón que se incorporó a la campaña electoral del año pasado es el rol tradicional que se espera que cumplan las mujeres, el cual no se reconciliaría con la participación en política, al considerar que el cuidado de la familia es incompatible con ocupar los puestos más altos en el Estado. Finalmente, cabe resaltar una razón que sí nos afecta directamente y de forma concreta: la voluntad de los partidos políticos (o la falta de ella) de incorporar la presencia femenina. Existen cuotas de género (30%) –“género” de forma indefinida, sin especificar si se trata de hombres o mujeres-, pero ninguna legislación exige que el orden en las listas de candidatos también permita que las mujeres puedan alcanzar los primeros lugares en el orden determinado por el partido. Por lo tanto, ese 30% puede ir fácilmente al final de la lista de 120 candidatos.
Una nota respecto a la cuota de género: los resultados no presentan cambios radicales en la composición del Congreso, aunque sí se han dado claros avances. La importancia de esta cuota no radicaría tanto en favorecer (indebidamente) el acceso de mujeres a puestos de representación, sino que una mayor visibilidad de funcionarias públicas impulsará a generaciones venideras para la incursión en política, generando cambios incrementales.
Entonces, ¿qué podemos esperar de los futuros cambios en el gabinete? No es cuestión de encontrar mujeres capacitadas; el problema es encontrar mujeres capacitadas que estén dispuestas a ingresar a puestos tan altos y que generalmente traen consigo una “cola” demasiado larga. La paridad en el gabinete permitirá la visibilidad de mujeres en puestos de poder que hemos mencionado anteriormente, de forma que en un futuro –no tan lejano, esperemos- el estereotipo se rompa y se reconozcan la capacidad independientemente de si se es mujer u hombre, y podamos descartar la necesidad de la cuota de género o de la paridad en sí misma. Pero por ahora, vayamos paso por paso, aunque sin perder la posibilidad de observar los constantes estereotipos sujetos al género en lo que sucede en nuestra sociedad.
Mariana Olcese










