La ideología de Sendero Luminoso
Tuesday, 28 November 2006
El culto a Abimael Guzmán
Dentro de la ideología senderista, Abimael Guzmán no solamente era visto como líder máximo e indiscutido. Su reconocimiento alcanzaba niveles mesiánicos. Los senderistas se referían a él con calificativos tales como “el más grande marxista viviente del mundo” o “la cuarta espada del marxismo” (Informe Final, II, 75). Desde fines de 1983, Guzmán se hacía llamar “presidente Gonzalo” y establece el “pensamiento Gonzalo” como “pensamiento guía”.
Portocarrero sostiene que el papel de Guzmán cubría dos facetas: Por un lado, se proyectaba como “hijo predilecto del partido” que subordina todos sus anhelos personales a la doctrina. Hacia el final de la entrevista de 1988, Guzmán es preguntado si tiene amigos. Su respuesta es enfática: “No tengo; camaradas sí, y estoy muy orgulloso de tener los camaradas que tengo.”
Por otro lado, Guzmán “estimula su endiosamiento de manera que el partido lo proclama como una suerte de titán o semidiós” (Portocarrero 1998, 23). Cuando, en la misma entrevista y también hacia el final, se le pregunta si a veces se deprime, Guzmán responde con otro “no” y añade: “me muevo más en problemas de comprensión y voluntad, que en problemas de sentimientos y depresión”. Aquí, Guzmán se autodefine como un ser casi divino, una suerte de intelecto puro que no se ve afectado por las pasiones humanas. Guzmán quiere ser visto como “un hijo escogido que es un padre redentor” (23).
Sendero y la violencia
Otro aspecto clave es la relación de SL con la violencia. Ya hemos visto que, a diferencia de otros movimientos peruanos de izquierda, SL consideraba inevitable el uso de la violencia. Es sintomático que Sendero iniciara el conflicto armado en 1980. Era el año del retorno a la democracia, la izquierda se había comprometido con el proceso democrático y acudía a las elecciones bajo el techo de la “Izquierda Unida”. Pero Sendero nunca creyó en la democracia. Más bien, creyó en la “fecundidad de la violencia” basada en la “impostación de moralidad y cientificidad” (21-22). Dentro de una doctrina que intepreta a la historia como lucha permanente de contrarios y su curso como algo inevitable, la violencia era concebida como motor del cambio:
Aún la violencia de la reacción tiene para Sendero efectos revolucionarios pues, al hacer crecer el odio y los deseos de venganza entre los afectados, ella conduce a una aceleración de la ruina del viejo orden. En síntesis, viniera de donde venga, y más a la corta que a la larga, el resultado de la violencia tiende a precipitar el advenimiento de una nueva sociedad (22).
El culto a la violencia explica por qué Guzmán concebía al maoísmo como “etapa superior”. Mientras Marx había sido un intelectual que buscaba marcos teóricos para explicar la historia, Mao era una líder político que creía que, a la hora de la lucha, “el poder nace del fusil” y no de la razón. Convencido de que la historia le daría la razón, Guzmán apeló a la violencia desbordante. Para él, no habían excesos injustificados a la hora de la revolución.
En la entrevista habla de la masacre de Lucanamarca ocurrida el tres de abril de 1983. Según refiere la Comisión de la Verdad y Reconciliación, alrededor de 60 senderistas ingresaron ese día al pueblo de Lucanamarca armados con hachas, machetes, cuchillos y armas de fuego. Asesinaron a 69 campesinos, hombres mujeres y niños, por haberse rebelado contra el terror de SL (Informe final, VII, 43-52). Guzmán pretende justificar la masacre con las siguientes palabras:
Si a las masas les vamos a dar un conjunto de restricciones, exigencias y prohibiciones, en el fondo no queremos que las aguas se desborden; y lo que necesitábamos era que las aguas se desbordaran, que el huayco entrara, seguros de que cuando entra arrasa pero luego vuelve a su cauce. Reitero, esto está explicado por Lenin perfectamente; y así es cómo entendemos ese exceso. Pero, insisto, ahí lo principal fue hacerles entender que éramos un hueso duro de roer, y que estábamos dispuestos a todo, a todo.
Fue finalmente esa fe ciega en la doctrina y la fecundidad de la violencia la que hizo fracasar el proyecto senderista. SL calculaba que el incremento de la violencia terminaría por incrementar la rabia de los campesinos hacia el Estado y los “opresores”. Pero sucedió lo contario. El mundo andino empezó a volcarse contra SL, aliándose con las Fuerzas Armadas en rondas campesinas y comités de autodefensa.
La incapacidad de Sendero por corregir algo que ellos presumían como verdad absoluta e innegable contribuyó a que el divorcio entre doctrina y realidad se fuera acrecentando hasta llegar a un punto donde Sendero debía enfrentar el rechazo abierto y hasta el odio de la población.
El atentado de Tarata es otro ejemplo. El 16 de julio de 1992, SL hizo estallar un “coche bomba” en la calle Tarata, en el distrito limeño de Miraflores. En aquella ocasión murieron 25 personas y 155 quedaron heridas (Informe final, VII, 661-668). El atentado no estuvo dirigido contra un organismo oficial ni contra una empresa trasnacional, más bien ocurrió en una zona residencial de la clase alta limeña. Según Portocarrero, Guzmán “debió creer que el ataque sería sentido gozosamente por el mundo popular” (Portocarrero 1998, 35) que vería en las víctimas a sus opresores. Pero sucedió lo contrario. Hubo muchas expresiones de solidaridad para con las víctimas y quedó claro que el país estaba luchando contra un enemigo común. “Paradójicamente, Miraflores se nacionalizó” (37).
El asesinato de la dirigente social María Elena Moyano en el distrito popular limeño de Villa el Salvador, el 15 de febrero de 1992, tuvo efectos similares.


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