2001-2011: La década de las oportunidades perdidas
Monday, 16 May 2011
El verdadero escándalo de estas elecciones no ha sido la pobre campaña electoral ni la inclinación del electorado por dos candidatos que representan, cada uno a su manera, una seria amenaza al sistema político actual. El verdadero escándalo ha sido la revelación de un fracaso político rotundo. Nuestros gobernantes no han sabido aprovechar diez años de crecimiento económico espectacular para fortalecer nuestra aún frágil democracia.
Entre el 2001 y el 2011, ningún país de Latinoamérica creció tanto como el Perú. La pobreza se redujo sustantivamente y en las zonas agroexportadoras el desempleo bajó a niveles mínimos. Las inversiones privadas se dispararon y la apertura de nuevos centros comerciales se trasladó desde los conos de Lima al interior del país. El más ferviente defensor del modelo político actual, Alan García, pregonaba a los cuatro vientos el milagro peruano y descalificaba a opositores como “perros del hortelano”. Sus mensajes de Fiestas Patrias fueron, un año tras otro, una infinita sucesión de cifras detallando los avances en obras de infraestructura. En entrevista concedida a Milagros Leiva en marzo de este año, García aseguraba que “el camino está despejado y la democracia podrá continuar sin alternativas de 180 grados” (fuente: El Comercio).
Exclusión social y añoranza por el cambio radical
Hasta poco antes de las elecciones, las encuestas parecían darle la razón a García: Alejandro Toledo, ex presidente y garante del modelo actual, mantenía una cómoda y estable ventaja sobre todos sus contendores. A tan sólo un mes del diez de abril, Fernando Rospigliosi y Augusto Álvarez Rodrich pronosticaban un pase casi seguro de Alejandro Toledo a segunda vuelta (fuente: Llanta de Prensa).
Al final, Toledo terminó en cuarto lugar. Los analistas políticos no contaron con los millones de electores descontentos que empezaron a decidir su voto a pocos días de las elecciones y lo hicieron optando por un cambio radical.
Ollanta Humala obtuvo la mayoría de votos en todos los departamentos del sur del Perú. En muchos de ellos, se llevó la mayoría absoluta. Humala arrasó en el Cusco y en Puno, en ambos departamentos con el 63% de votos válidos. En Ayacucho obtuvo 58%, en Huancavelica 55%, en Apurímac 52% y en Tacna 57%. Keiko, en cambio, se hizo con el norte del país, pero de forma mucho menos furiosa que Humala: En ningún departamento Keiko logró la mayoría absoluta.
Tan sólo tres provinicas se inclinaron mayoritariamente por los candidatos que simbolizaban la continuidad del modelo actual: Pedro Pablo Kuczysnki ganó en Lima y Callao mientras que Alejandro Toledo se impuso en Loreto.
¿Cómo entender la preferencia de tantos electores por candidatos que generan enorme incertidumbre? Para algunos, el elector peruano está votando de forma irracional puesto que no sabe discernir una opción buena de otra mala. Alan García piensa así: En sendos artículos ha calificado a los que se oponen a sus políticas como “perros del hortelano” que tienen “una visión parroquial y acomplejada” y creen “que la tierra es cuadrada y que el sol gira alrededor” (fuente: El Comercio). El periodista Aldo Mariátegui ha sido más directo aún al hablar del “electarado” peruano.
Opiniones como estas nos retroceden 30 años en el tiempo. Hasta 1979, los ciudadanos analfabetos no tenían derecho a votar. La lógica justificatoria era simple: Aquellos que no gozan de una educación mínima no saben decidir lo que es bueno para su país.
Pero la democracia no legitima resultados en función de su calidad (moral, política, social). La legitimidad de elecciones democráticas reside, más bien, en el respeto a la opinión del colectivo ciudadano (por más que esta opinión sea equivocada). El paternalismo crudo defendido, entre otros, por Alan García y Aldo Mariátegui no es compatible con el pluralismo que la democracia nos exige.
La pobreza sigue siendo altísima en muchas regiones
La interpretación del voto antisistema como un voto irracional es, además, falaz. El elector de Lima, Ica o Piura, con un trabajo estable e ingresos crecientes, tiene muchas razones para optar por la continuidad. Pero las cosas siguen siendo muy distintas en el Perú rural. Sabemos que la pobreza ha disminuído significativamente en los últimos años. Pero esta reducción ha sido bastante desigual e insuficiente.
En Lima, la pobreza se redujo de 25,1% en 2006 a 15,3% en el 2009. En Huancavelica, el departamento más pobre del Perú, la pobreza también se redujo en unos diez puntos porcentuales, pero sigue siendo altísima: De 88,7% a 77,2% entre 2006 y 2009. En Apurímac, la pobreza bajó apenas cuatro puntos porcentuales, de 74,8% a 70,3%. En Cusco, el nivel de pobreza no se redujo sino creció en el mismo lapso de tiempo: De 49,9% a 51,1% (fuente: La República). Diez de los 24 departamentos del Perú aún tienen niveles de pobreza por encima del 50%.
Con estas cifras a la mano, no debería sorprendernos que muchos peruanos se sientan excluidos del modelo de crecimiento actual y opten por un cambio radical.
El fenómeno de la pobreza no pasa solamente por medir los ingresos de un hogar. En el Perú, se considera pobre a aquel que no logra cubrir la “canasta de bienes y servicios mínimos esenciales”. Esta canasta no solamente incluye alimentos, sino también el acceso a una vivienda y servicios básicos como salud y educación.
En un estudio sobre las políticas sociales contra la pobreza, los investigadores Carlos Eduardo Aramburú y María Ana Rodríguez recomiendan reformar la política social. Ello implica aumentar el presupuesto para programas focalizados de lucha contra la pobreza, pero también reorientar el enfoque de estos programas. En la actualidad, la mayor parte del presupuesto para la lucha contra la pobreza se destina a programas “protectores” (59%). Estos tienen como finalidad proteger las capacidades humanas. Según el estudio, es necesario poner mayor énfasis en los programas “habilitadores” y los programas “promotores” cuya meta es reforzar las capacidades laborales de los ciudadanos y mejorar su acceso a oportunidades económicas.
Además, el estudio critica la fragmentación de las políticas sociales en el Perú. Tomando como ejemplo el modelo brasileño, sugiere la conformación de una instancia política de alto nivel, presidida por el Presidente de la República, encargada de articular y liderar la lucha contra la pobreza (fuente: CIES).
Estado corrupto
El desprestigio del Estado no se limita a su incapacidad de proveer servicios básicos para todos los peruanos. En una encuesta nacional realizada en el 2010 por Ipsos Apoyo, el 51% de los encuestados menciona a la corrupción como el principal problema del país, seguido por la delincuencia con 41% y el desempleo con 39%. El Congreso de la República, órgano central de la democracia, es percibido como la institución pública más corrupta, seguido por la Policía Nacional y el Poder Judicial. Además, los encuestados calculan que, de cada 100 políticos, 77 son corruptos (fuente: Proética).
En su estudio titulado Corrupción y Gobernabilidad, Aldo Panfichi y Mariana Alvarado sostienen que la problemática no radica en la falta de leyes y mecanismos anticorrupción, sino en la implementación y articulación de estas herramientas.
Entre las propuestas del estudio destaca el fortalecimiento de la Contraloría de la República y del Poder Judicial. Para lograrlo, se recomienda reducir el número de jueces provisionales, otorgarle mayor protagonismo a la OCMA (Oficina de Control de la Magistratura) y aprobar, en el Congreso, el Proyecto de Ley 3976/2009-CGR que permitiría a la Contraloría fiscalizar la utilización de recusos públicos.
Finalmente, el estudio aboga por mayor transparencia y capacidad fiscalizadora por parte de la ciudadanía. Para ello se requiere el cumplimiento de la Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública, pero también una prensa de investigación independiente así como la existencia de organizaciones de la sociedad civil capaces de perseguir casos de corrupción.
A manera de conclusión
La bonanza económica ha sido positiva en muchos aspectos: El presupuesto público del Perú aumentó en 147% durante la última década, de 36 mil millones de soles (2001) a 89 mil millones para el 2011. La cantidad de empleos formales creció (sobre todo en la costa) y en las grandes ciudades hemos visto la emergencia de una clase media que muchos ya daban por desaparecida.
Pero estos logros no estuvieron acompañados de un liderazgo político capaz de convertir la bonanza en beneficios palpables para todos los hogares del Perú. Los indicadores de pobreza revelan que muchos ciudadanos aún no gozan de aquellos bienes y servicios que son elementales: vivienda, educación, salud, nutrición. Las instituciones públicas siguen siendo percibidas como entidades corruptas y, por ende, ineficientes.
Claramente, el ciudadano común y corriente no siente que el Estado está a su servicio. Esto puede explicar, al menos en parte, la inclinación del elector por una u otra opción autoritaria. El éxito de Ollanta Humala y el de Keiko Fujimori debe ser entendido como una señal de alarma: Los logros de la última década pueden echarse a perder en un cerrar y abrir de ojos.
Por Bernd Krehoff
Imagen tomada de: http://www.desdeeltercerpiso.com/


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